miércoles, 29 de agosto de 2012

SERGIO RAMÍREZ: 7O AÑOS DE VIDA Y UN BANQUETE DE 50 AÑOS DE FICCIÓN

            La vida del ser humano, generalmente, resulta curiosa; sobre todo, si se trata de un escritor. La situación se torna singular en el caso de Sergio Ramírez quien cumplió, hace unos días, setenta años de edad; pero al mismo tiempo, celebra cincuenta años dedicados a la literatura.
Sergio Ramírez
            El primer libro que leí de él fue Mentiras verdaderas, obra  que a los hispanoamericanos nos permite percibirnos a través de la verdad de nuestras ficciones o advertir nuestras ficciones a través de la realidad,  per se ambas son extrañas, singulares, inextricables si se quiere; aunque a fin de cuentas constituyen  la amalgamada simbiosis de nuestras cotidianidad histórica.
            El libro en mención recoge mil y un punto de vistas interesantes para todos los que amamos las letras y que, de algún modo, padecemos la necesidad permanente de comunicar algo.  En este sentido, veo con profunda preocupación que muchos de los más laureados escritores ocultan en extremo lo que Sergio Ramírez anuncia y denomina “sus secretos de cocina”, es decir, los medios y métodos empleados para crear sus ficciones que, en alguna medida, no son más que mímesis de la realidad propia u observada.
            Don Sergio ha ganado el honor de ser apelado por muchos escritores como “Maestro” y, en efecto, es un maestro, porque no tiene reparo alguno en revelar los secretos de su escritura; aunque somos plenamente conscientes que una vez que él los cuenta nos los priva, pues son parte de la originalidad de su estilo. Así, a manera de ejemplo,  rescata a Margarita Debayle, varias décadas después de haberse paseado “por los parques del Señor… bajo la lluvia y más allá… envuelta en dulce resplandor…”, después de haberse eternizado en el momento en que Jesús le regaló una estrella: “porque son mis flores de las niñas que al soñar piensan en mí”, luego de estar inmortalizada en una edad de ensueño, para convertirla más que en una mujer, en una persona madura identificada con la realidad propia de todos los seres que a diario hacemos el periplo en el inmutable valle de lágrimas.
            Lo que ocurre es que Sergio Ramírez ha dedicado gran parte de su vida (cincuenta años) a la literatura,  y con la imparcialidad que me da el hecho de ser panameño, me atrevo a afirmar que esta actividad ha esculpido su nombre en el mármol de la inmortalidad, eclipsando su lucha contra la dictadura de Somoza, su desempeño como vicepresidente de su país y sus esfuerzos por lograr la justicia y la democracia que se complica en un segundo período presidencial de Daniel Ortega.
            Ramírez, desde su blog El boomeran conquista lectores más allá de las fronteras nicaragüenses, para que, de algún modo pueda emular a Bolívar y decir que para sus ideas, su patria es el universo.
            Para todos es sabido que Sergio Ramírez es una de las plumas más reconocidas en América Latina, que sus personajes como Catalina o como el lexicógrafo que quiso inventar la palabra perfecta o  como la voz de tres mujeres que rescatan del olvido a la poetisa Yolanda Oreamuno, en el personaje incorpóreo que solo logra vida en la lectura de la novela La fugitiva.
            En fin, las ficciones y las realidades de Sergio Ramírez, sin lugar a dudas, se consolidan como un verdadero banquete, las cuales, a pesar de que sus recetas de cocina son develadas, se enarbola como un “como un canto de vida y esperanza”, para “esta América ingenua que reza a Jesucristo y habla en español”, como alguna vez cantara Rubén Darío.

sábado, 7 de julio de 2012

DEL ARTE DE ENSEÑAR A LEER CUENTOS, vs. la didáctica científica de la ficción

     Compartir mesa con tan distinguidos maestros para mí es un honor.  Sin embargo, en el aula, como dicen los españoles: “cada maestrillo con su librillo.”
      Dejo claro que mi intención no consiste en polemizar, sino en anotar mis experiencias como docente.  Para hacer esta afirmación me apoyo en las experiencias vividas en la escuela secundaria (he laborado en cuatro colegios distintos, de provincias distintas) y mi experiencia como docente de la Universidad de Panamá, con la cual he recorrido las provincias de Bocas del Toro, Panamá, Coclé, Los Santos y Veraguas, sin obviar claro está mi participación en la recién creada  Red Nacional de Docentes de Español del Ministerio de Educación.
     Es curioso que la mayoría de los docentes de español (de lengua y literatura, correctores incansables de ortografía y de sintaxis) por no decir que todos creen tener la razón, cosa que no es extraña, si tomamos en cuenta que Descartes ha dicho que la razón es la cosa mejor distribuida del mundo.
      Una de las cosas que no comparto del todo en la enseñanza del cuento, no porque lo crea innecesario, sino porque me parece oportuno hacerlo en su correcta oportunidad es la aplicación de complejos análisis paralelos a la lectura, en la educación básica. El hijo de mi vecina, verbigracia, se acerca a mí la semana pasada, para preguntarme si un narrador era intradiegético o extradiegético, sin saber pronunciar las palabras, sorprendido ante su posible significación, tal vez como diría el Secretario General de las Academias de la Lengua, tan sorprendido como nosotros, cuando escuchamos por primera vez la palabra conquiliólogo.  Y ante el desconocimiento y la ignorancia, muchas veces la reacción del ser humano se resume en un ineludible intento por escapar del tema.
     Lo que ocurre es que muchas veces no enseñamos a nuestros estudiantes a leer cuentos, pretendemos que aprendan a analizarlos. 
     Sin embargo, hay  maestros que nos conducen a leer; y leer es el primer paso para escribir; aunque lamentablemente, consideramos que es al revés, que aprendemos a escribir para poder leer.  Parafraseando a Descartes me atrevo a asegurar entonces que: “Leo luego escribo.” 
      Uno de estos maestros, con una gran experiencia para mí, es Enrique Jaramillo Levi quien viaja a Las Tablas, muchos años hace,  a dictar un taller sobre cómo escribir cuentos, taller de unas cuantas horas que despertó en mí un cataclismo, una necesidad urgente de leer y por qué no de escribir; aunque todavía, años después, no he aprendido a escribir un cuento, sí tuve como resultado un ensayo que me permitió, ese mismo, año, ganar el Concurso Nacional de Literatura Ricardo Miró.
     A lo que me refiero, entonces, es que a los adolescentes de nuestras escuelas secundarias, cuando se les asigna un cuento para leer, paralelo se les anexa un cuestionario con una serie de puntos, que a esa edad resulta, además de innecesario, incomprensible.
     Lo que me hace recordar el cuento de  Ana María Shua que nos contara el gran maestro cubano Rogelio Rodríguez Coronel hace poco:
     "Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio."
     Así, me imagino que se sentirán nuestros estudiantes frente a la horda de términos técnicos novedosos, pronunciados en griego antiguo, los cuales generan una gran confusión y un magno desprecio por la lectura,  solo comparable con la que generan los murales del Día del Idioma, en los cuales se coloca la imagen de un hombre flaco, despeinado y mal dormido (imagen de don Quijote de la Mancha) en medio de un mar de libros, con un letrero asesino contra cualquier intento de lectura:  “Don Quijote se volvió loco de tanto leer.”
    ¿Cómo pretendo yo profesor que un estudiante lea, cuando le demuestro al mismo tiempo que la lectura es un elemento patógeno que produce locura? ¿Cuál estudiante va a querer leer cuando está en juego su cordura?
     El elemento sorpresa juega otro papel muy importante.  Me parece que es el más importante de todos; pues además de captar nuestra atención nos conlleva a querer que el relato termine de otra manera.  De esa forma se aprende a escribir, como lo señalara Mario Vargas Llosa, quien sin temor de ninguna clase afirmó que sus primeros textos no eran más que formas variadas de textos que él había leído, con cuyos finales no había quedado satisfecho.
     Por otro lado, vivimos en un mundo cambiante.  Lo que es útil en un momento ni siquiera sirve como pieza de museo en otro.  Lástima que antes del internet, la información, cualquiera que fuese nos llegaba tan retrasada como la muerte de los papas o reyes europeos: cuando se conocían en América y los americanos comenzaban a llorarlos, el siguiente papa o siguiente rey, también había muerto.
      En el caso de la literatura es igual.  En 1959, Tito Monterroso, publicó su relato El dinosaurio: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.” Este relato por mucho tiempo fue considerado como el cuento más corto en lengua española.  Al tener una marca contable de siete palabras, cuando se les asigna a los estudiantes, ellos intentan escribir un cuento más corto.  Sin embargo, muchos docentes no  conocen el relato,  o cuando lo conocen empiezan a afirmar que es el relato más corto en lengua española, es decir se limitan a comentar elementos accesorios, dejando de lado la multiplicidad de significados que cobran siete palabras; además, ya existen, cuentos con menos palabras: ejemplo:   El Emigrante es un microcuento del escritor méxicano Luis Felipe Lomelí. El texto íntegro es el siguiente:
      « ¿Olvida usted algo? -¡Ojalá! »
     O que existe el género de los seísmos (cuentos escritos en seis palabras), género en el que el español Javier Puche ha descollado.  Veamos algunos ejemplos:

Sálvame. Estoy atrapado en el espejo.
El ciempiés se arruinó visitando podólogos.
Tres tristes tigres se suicidaron alternativamente.
Perece el mosquito en una lágrima.
.Para hacer tiempo, fabrica relojes lentamente.
La maté porque me llamó asesino.
El dragón enamorado dice palabras ardientes.
.Titubea por un instante la eternidad.
         Si nos ponemos a desentrañar las estructuras o los fondos de estos relatos, pasaríamos horas sin llegar a conclusión plausible. Sí puedo afirmar, entonces, por experiencia que, ante este tipo de relatos, en el afán de vencer el récord de Monterroso el adolescente (y adolece porque a esa edad le falta capacidad para entender tantas cosas de la lingüística aplicada al texto) lee, pregunta, cuestiona, observa y, la mayor parte de las veces vence a Monterroso, no porque escribe un texto menor a las siete palabras famosas, sino porque escribe más palabras, ya que en su mente han surgido nuevas y más ideas.
      Se ha dicho en mil y una ocasiones que hay que brindar al chico la oportunidad de leer lo que quiere leer y no señalarle las lecturas que les gustan a los maestros.  Esto da buenos resultados ya que para gustos los colores.  Los chicos cuando leen  algo  que  les agrada lo expresan  con  mayor facilidad, con lo que la lectura  de  cuentos  contribuye con las capacidades –competencias como les llaman ahora– de comunicarse tanto de manera escrita como hablada; en otras palabras si se logra que un estudiante lea cuentos, se logra simultáneamente que hable y escriba. Tal vez se despierte su competencia analítica.
      Si tenemos la oportunidad de que esto se logre, podemos entonces poner en práctica los consejos de Enrique Jaramillo Levi quien  en el relato Negocio redondo, inmerso en la obra La agonía de la palabra presenta la siguiente idea, en la cual la palabra cobra dimensiones insospechadas:
      “Por ejemplo, habla en él del cuento mismo que escribes, hazlo mientras lo estás creando. Comienza por poner el título que ya tienes, y en seguida procede con lo primero que se te venga a cabeza, plásmalo en el papel, desarróllalo, dale un cierto perfil. Luego, por asociación de ideas –las palabras siempre llaman a las palabras, las cuales en última instancia representan ideas o al articularse las crean–transcribe todo lo que te nazca, sin depurar, ya habrá tiempo para eso. Y eso haces: escribes y escribes sobre lo mismo que estás escribiendo.”
     El cuento insisto debe tener el factor sorpresa, como veremos a continuación en el relato concurso de la española Aracelis Estevez:
     “Enhorabuena, ha sido usted seleccionado por ser el primer lector de este relato. Le ha tocado, es el elegido. Esto le convierte en un ser especial, alguien bendecido por la varita de la suerte. Vamos, siga leyendo un poco más, no lo va a dejar ahora. Puede decidir su premio y disfrutarlo en solitario o en compañía. ¿Prefiere viajar o llevarse un fantástico coche? Sólo tiene que llamar al 806898989 y responder a una pregunta. El premio es suyo, le está esperando al otro lado del teléfono. ¿Por qué no deja de leer? ¿Acaso nos está provocando? Sepa que le observamos. Vamos, cobarde indeciso, llame ya. O juega o pierde, así es el juego. ¿A qué espera? Si aún no ha llamado y sigue leyendo es que es usted un inútil, un estúpido. ¿Piensa que no tenemos nada más importante que hacer? Somos una empresa seria, que goza de prestigio, y un mequetrefe como usted no va a arruinar nuestra reputación. Bien, usted lo ha querido, ciertamente es demasiado tarde, no hay nada que hacer. Nadie puede salvarle ya de este inevitable punto final, es el elegido. Esto le convierte en un ser especial, alguien bendecido por la varita de la suerte. Vamos, siga leyendo un poco más, no lo va a dejar ahora. Puede decidir su premio y disfrutarlo en solitario o en compañía. ¿Prefiere viajar o llevarse un fantástico coche? Sólo tiene que llamar al 806898989 y responder a una pregunta. El premio es suyo, le está esperando al otro lado del teléfono. ¿Por qué no deja de leer? ¿Acaso nos está provocando? Sepa que le observamos. Vamos, cobarde indeciso, llame ya. O juega o pierde, así es el juego. ¿A qué espera? Si aún no ha llamado y sigue leyendo es que es usted un inútil, un estúpido. ¿Piensa que no tenemos nada más importante que hacer? Somos una empresa seria, que goza de prestigio, y un mequetrefe como usted no va a arruinar nuestra reputación. Bien, usted lo ha querido, ciertamente es demasiado tarde, no hay nada que hacer. Nadie puede salvarle ya de este inevitable punto final.”
      Debemos detenernos a advertir que en literatura hay que imaginar la imagen. La condición humana no cambia nunca, bajo ningún reinado, bajo ninguna era, bajo ninguna ideología, como escribió Voltaire.  Por eso todos tenemos algo que contar; y la lectura nos ayuda a liberar al demonio que vive en nosotros; a manera de ejemplo, Umberto Eco quería matar un cura y mató a veintidós en la vieja abadía medieval en su novela En nombre de la rosa.
     En un mundo plagado de vicios, el nicaragüense Sergio Ramírez recomienda un solo vicio cuando nos dice: El único vicio legítimo, el único que soy capaz de recomendar a los jóvenes, es el de leer, porque es la única droga cuyo hábito de consumo tiene un poder benéfico. Hay que crear adictos incurables de la lectura, porque sólo a través de la imaginación se gana el sentido de la aventura, del reto por lo desconocido, y se alcanzan mundos nuevos, se asciende a regiones ignoradas, como el propio don Quijote, con Sancho en ancas, subidos a Clavileño, que era un caballo de palo capaz de volar por los cielos con sólo manipular una clavija que tenía en la cabeza. Pero por supuesto, para que un niño o un adolescente adquiera el vicio de la lectura, antes deben adquirirlo los padres y los maestros, con espíritu cómplice. Ser parte con ellos de la conspiración de leer, comportarse como cabecillas de una hermandad de iniciados. Abrirles una puerta al paraíso, donde espera la manzana dorada entre las frondas del árbol del bien y el mal.”
      Luego, sin ninguna duda, nuestros jóvenes estudiantes tendrán la capacidad de entender, de analizar y de comprender la didáctica científica de la ficción.




sábado, 9 de junio de 2012

PEÑA BLANCA Y LA FIESTA DE SAN ANTONIO DE PADUA


 El 10 de junio de 1989 se acerca a mí el poeta Gustavo Batista Cedeño (1962-1991) y me pide que escribiera una página sobre la celebración de las giestas de San Antonio en Peña Blanca.
Escribí una página, pero la misma solo sirvió para despertar la curiosidad de ambos para desentrañar los secretos de la festividad en nuestro pueblo.
Nos remontamos a años, a siglos en el pasado.  Pudimos encontrar muchas cosas interesantes. A la investigación se sumón Mons. José Dimas Cedeño.  El resultado fue uno y muy importante: Peña Blanca tuvo su historia y su identidad.  Con el paso de dos décadas, con la muerte repentina de Gustavo (1991) he ido descubriendo cosas nuevas, que no sé tal vez me valga del blog para poder contarlas, pues las impresiones salen muy costosas.

Templo de San Antonio en Peña Blanca
Indagamos que, en el Sitio de San Antonio, Biviana Domínguez (1816-1906) encontró a la pequeña imagen de San Antonio de Padua aproximadamente en 1858.  Lejos de encontrar la clásica explicación milagrosa de los santos aparecidos de manera misteriosa, nos encontramos con que la imagen -al igual que muchas otras- fue mandada a botar por el obispo de Panamá Fray Eduardo Vásquez, quien no soportaba las críticas hechas por los liberales contra las feas imágenes que ornaban los templos.
La imagen fue recogida y pronto se inició la celebración, con novenas, con procesión el día 12 de junio y con la misa solemne el día 13 de junio.

Mons.  José Dimas Cedeño
Son muchas las personas que han tenido destacadas participaciones en estas fiestas, entre las cuales recordamos al Rvdo.  Celestino Díaz, a los Señores Carmen Domínguez que cantaba la misa en latín; José Tomás Vergara que por mucho tiempo sirvió como mayordomo, o Leonardo Vergara, quien, con la imagen al hombre recorría todos los pueblos en busca de ofrendas.  Asimismo, recordamos a Mons. José Dimas Cedeño que función de estas fiestas religiosas descubrió su vocación y ha servido a la Iglesia por más de medio siglo.
   Vuestros santos favores
   dan de quien sois testimonio, 
   humilde y divino Antonio,
   rogad por los pecadores.
Prometo que, poco a poco, como peñablanqueño subiré todo el texto informativo sobre estas festividades para que las mismas trasciendan el tiempo y el espacio.

viernes, 8 de junio de 2012

CRISTELLE GARCÌA: PRIMER PREMIO EN EL CONCURSO DE CUENTOS EN LOS SANTOS

    Cristelle García, con su relato obtiene el Primer Premio del Primer Festival de Creación de  Cuentos, sección Premedia,  en la provincia de Los Santos organizado por el Ministerio de Educación.
    El relato es interesante, caracterizado por el magistral uso del lenguaje, por una estructuración ágil de la acción, por el atrevido manejo del tema del amor. 
     Todo se conjuga en un relato capaz de atrapar  al lector, convirtiéndolo en cómplice de la protagonista  en una experiencia personal que nos toca a todos.
Felicidades Cristelle.

lunes, 4 de junio de 2012

LA PASIÓN POR LA PALABRA EN ENRIQUE JARAMILLO LEVI


Enrique Jaramillo Levi
Hay veces en que en nuestra mente existen ideas que, lastimosamente, no somos capaces de expresar. Esta dificultad es frecuente en todos, inclusive, en los escritores, quienes se pasan días, y hasta meses, tratando de encontrar la palabra debida que descubra a los demás lo que bulle en el interior de su ser.  Este bloque me ha costado horas de lectura y de cavilación en una búsqueda persistente de las palabras exactas que me permitan introducirlo. Después de mucho leer y reflexionar, confieso que el poema Escritura del mexicano Octavio Paz es el único conjunto de voces capaces de acercarse a la idea que pretendo manifestar, por lo que no me queda otra alternativa que incluirlo como epígrafe:
        “Alguien escribe en mí, mueve mi mano,
          escoge una palabra, se detiene,
         duda entre el mar azul y el monte verde.
         Con ardor helado
         contempla lo que escribo,
         todo lo quema, fuego justiciero.
         Pero este juez también es víctima
         y al condenarme, se condena:
         no escribe a nadie, a nadie llama,
          a sí mismo se escribe, en sí se olvida,
         y se rescata y vuelve a ser yo mismo.”
         Es sabido que un epígrafe debe explicarse por sí mismo y que, en alguna medida, debe forjarnos una imagen en torno al texto que introduce.  Me permito, sin embargo, una acotación reiterara a lo largo del discurso: cuando el escritor inicia su tarea artística, ésta se le escapa de  las manos; no escribe lo que desea, sino que el texto comienza a gestarse a sí mismo, empleando al literato como herramienta, el cual, aunque en el instante de inspiración está fuera de la realidad, vuelve a ser él –el Supremo Creador–, cuando el texto ha sido creado.
         Esta perspectiva acerca de la realidad de la escritura me resulta muy interesante, porque me parece la mejor forma de describir la obra conjunta del escritor estudiado. La misma permite percibir la escritura no como un acto voluntario, sino como el producto de una iluminación sumada a una inclinación intrínseca, de la que no es posible evadirse. 
         Por ello, son numerosos los textos en los que encontramos sustento para esta afirmación, en los tres géneros que he examinado. Para el hablante, igual que para el cristiano, según los textos bíblicos: “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que alimenta el espíritu.” Por ello, en verso, nos encontramos con el poema Maná, inmerso el libro Entrar saliendo, donde alimento y palabra son sinónimos, pues mientras uno nutre el cuerpo, la otra sustenta al espíritu.  El poema literalmente nos dice: “No basta decirle a la Palabra/ que ya se calle,/ que no fastidie más,/ no basta;/ ella es terca como la mula/ de mi empeño,/ nunca oye razones./  Yo insisto no obstante/ como si con palabras pudiera/ silenciar a la Palabra, insisto/ porque para qué tanta poesía./ Y lo único que logro, lo único,/ una vez y otra y otra más,/ es la multiplicación de las palabras,/ cálido don que se me da/ como maná del cielo.”  Tenemos en este haz de versos, una clara explicación de la pasión por la palabra.
     Pero, ¿qué es pasión?
       Nos aclara el Diccionario de la Real Academia Española que el término en cuestión significa: “Perturbación o afecto desordenado del ánimo.  Inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona.”  Las dos definiciones se ajustan a la perspectiva que pretendemos esclarecer.  Perturbar encierra la idea de trastornar el orden y el sosiego de alguien, pero también significa impedir a alguien el orden del discurso o, simplemente, llevarlo a perder el juicio. 
       En un escritor comprometido con su arte, aquel que siente realmente el frenesí por las palabras, se dan los tres aspectos; se trastorna, es decir se crea en él una dependencia por la escritura; sin embargo, en el ejercicio mismo de su arte, la palabra trastoca su discurso y lo hace variar, por lo que puede afirmarse que, de alguna manera, pierde el juicio.
     La última acepción también se aplica desde el punto de vista del común de los mortales, sobre todo en una sociedad consumista como la nuestra, donde el arte no tiene mayor trascendencia, donde el ser humano pierde su identidad para sumergirse en los intereses del colectivo, donde la producción económica tiene mayor valor que la artística, situación que ocasiona que a los escritores se les considere como personas que han perdido el juicio, tan solo por dedicar sus esfuerzos al cultivo del espíritu, mientras que los demás se dedican a satisfacer sus menesteres materiales.
         La pasión somete al hombre de la misma forma como lo esclaviza el amor. Cuando una persona está enamorada no entiende otra cosa que no sea su amor; no le interesa hablar de otro tema que no sea de la persona amada.
         Así, quien experimenta la pasión de la palabra, se hace esclavo de la misma, vive para ella y por ella.  El héroe poético se dirige al lector para lamentarse de su incapacidad para enfrentar a la Palabra, que escribe con mayúscula para dotarla de temperamento individual, aunque el término, en esencia, conserva su fuerza colectiva: “No basta decirle a la Palabra/ que ya se calle,/ que no fastidie más,/ no basta;/ ella es terca como la mula/ de mi empeño,/ nunca oye razones.” La tenacidad y fortaleza del verbo se impone a los motivos del literato, quien resulta sacrificado por un factor que está por encima de él, que se le impone y que lo lleva a vivir una situación de dependencia constante.  Quien de verdad tiene la escritura, la palabra, como vocación, es incapaz de abstraerse de su destino.
      En el caso de nuestro héroe poético, el mismo le comenta a su lector posible que: “Yo insisto no obstante/ como si con palabras pudiera/ silenciar a la Palabra, insisto/ porque para qué tanta poesía.” Y trata de silenciar la voz de la Palabra; pero es curioso que la herramienta empleada para tratar de lograrlo son las palabras, a menos que sea un convencido de la máxima latina aplicada en medicina: “similia similibus curantur” lo cual significa que lo igual se cura con lo igual. 
       No obstante, la necedad de la Palabra (personificada por el uso de la mayúscula) no se ahoga con palabras (colectivo), del mismo modo que la voz del individuo, no se calla ante las voces de la sociedad.  Este mensaje puede ser una clara alusión al interés del ser humano por exteriorizar su individualidad, su sentimiento de ego, el cual, cada día más, sucumbe frente a los embates de un todo deshumanizado que convierte al ser humano en una cifra en medio de un conglomerado.
         A pesar de las luchas intestinas del hablante, al final se reconoce perdido ante la tenacidad de las palabras: “Y lo único que logro, lo único,/ una vez y otra y otra más,/ es la multiplicación de las palabras,/ cálido don que se me da/ como maná del cielo”,  pues las palabras que utiliza tratando de eclipsar a la Palabra, lejos de asociarse con él para saciar  su objetivo, lo único que hacen es generar nuevas voces que nacen en su interior.
   En este sentido, el héroe poético al reconocerse derrotado por la presencia de las palabras, se sabe también dotado de un don especial, que lo diferencia de otros seres, que no necesitan satisfacer su espíritu para lograr la plenitud vital que tanto se anhela: la poesía en particular y todas las manifestaciones del arte, en general, son los ingredientes que nos diferencian del resto de los seres.
    La única discrepancia del poema con respecto a la realidad consiste en que en el mismo el maná (voz que titula el poema) es una alegoría de la inspiración, es pan mental, el maná real que alimentó al pueblo hebreo en su éxodo hacia la tierra prometida.  Emplearé algunos versos más para evidenciar cómo, en la obra estudiada, se encuentra una eterna pasión por la palabra. En el poemario Conjuros y presagios, encontramos el poema Dilema el cual nos brinda el siguiente mensaje: “Tan lleno de ideas como estoy/ ahora que otra vez/ me llega este chorro/ de imágenes y palabras/ que se retroalimentan/ como en los viejos tiempos,/ el sueño –importuno, necio–/ va venciendo mis párpados/ a las dos de la tarde./ ¿Trato  de escribir un poco más/ para no desconectarme al instante,/ o me dejo abrumar por el sueño/ en cuyos fluidos misteriosos/ puede o no aparecer/ materia, prima de un poema/ posible?
     El horizonte de percepción de este haz de versos se presenta amplio en significados, a la vez que, de manera irónica, se hilvana cercenado para el héroe poético, a quien encarcela en la fantástica celda de la creatividad, situación que no se constituye en novedad alguna, pues todos sabemos que, en no pocas ocasiones, el creador literario intenta expresar algo, pero cada uno de sus lectores potenciales interpreta el texto de forma disímil. 
      Así, mientras la mayor parte de la gente pulula en el mundo sin ambiciones creativas, ajenos a las palabras y a las ideas que las mismas puedan encerrar, el poeta vive prisionero de las mismas, generando un binomio paradójico entre el grupo minoritario que siente la pasión de la palabra y el grupo mayoritario que se pasea por el mundo indiferente a la poesía.
     Cuando el hablante afirma que: “Tan lleno de ideas como estoy/ ahora que otra vez/ me llega este chorro/ de imágenes y palabras/ que se retroalimentan/ como en los viejos tiempos,” nos alude al fastidio verbal que llega al poeta en cantidades insondables, reflejadas en íconos y voces, las cuales a medida que aparecen se multiplican en contenido, significado y alusiones, generando  una situación de impotencia en el escritor, el cual      –lógicamente–  por ser víctima de la pasión de la palabra, no puede eludir el gatuperio que lo domina, puesto que se repite en él el castigo experimentado por Prometeo cuando robó el fuego a los dioses: mientras más se hace pasto de su inspiración para crear poesía, más ideas, más palabras, más imágenes aparecen reclamando su materialización a través de la creación literaria.
     Por ello, en un intento desesperado para salirse de la red poética (pasión de la palabra) que lo ata, el héroe poético se interpela a sí mismo, a través de la siguiente interrogante: “¿Trato de escribir un poco más/ para no desconectarme al instante,/ o me dejo abrumar por el sueño/ en cuyos fluidos misteriosos/ puede o no aparecer/ materia, prima de un poema/ posible? “
      La pregunta es clara y la podemos escindir en la presentación de dos vías de escape: ¿Qué puede hacer el poeta cuando desea escapar de las palabras que lo persiguen y lo atosigan, impidiéndole vivir. ¿Escribir más para desconectarse al instante? ¿Abrumarse por el sueño, el cual puede o no ser el caldo de cultivo para la fabricación de nuevas ideas y palabras que son la materia prima de todos los poemas posibles? 
    Indudablemente, que todos los caminos van a Roma, pues, si por un lado el poeta escribe, las palabras atraerán más palabras y exigirán nuevos textos; por otro lado, si se escapa a través del sueño, el mismo, en no pocas ocasiones, es el lugar ideal para que surjan nuevos sueños, nuevas ideas, nuevas palabras… nuevos textos, que exigen ser escritos.
      La verdad es que el poeta (el escritor) que experimenta la pasión de la palabra, vive casi la misma experiencia que el alcohólico que bebe para olvidar, para luego percatarse de que intenta olvidar que está bebiendo; pero mientras lo hace el recuerdo se marca más y más en su conciencia, convirtiéndolo en esclavo de una situación de la cual es prácticamente imposible evadirse.
      En el cuento, también encontramos una serie de elementos que permiten la sustentación de nuestro punto de vista.  En el relato Negocio redondo, inmerso en la obra La agonía de la palabra encontramos la siguiente idea, en la cual la palabra cobra dimensiones insospechadas: “Por ejemplo, habla en él del cuento mismo que escribes, hazlo mientras lo estás creando.  Comienza por poner el título que ya tienes, y en seguida procede con lo primero que se te venga a cabeza, plásmalo en el papel, desarróllalo, dale un cierto perfil.  Luego, por asociación de ideas –las palabras siempre llaman a las palabras, las cuales en última instancia representan ideas o al articularse las crean–, transcribe todo lo que te nazca, sin depurar, ya habrá tiempo para eso. Y eso haces: escribes y escribes sobre lo mismo que estás escribiendo.”
Es posible encontrar muchas aristas interpretativas en este texto, donde queda muy clara la capacidad que tienen las palabras para generar constantemente, motivo por el cual quien se aficiona a las mismas, va a descubrir un cosmos infinito, ya que las palabras siempre llaman palabras, y las mismas separadas o reunidas en una frase generan ideas y textos, repitiendo la misma sensación que descubrimos en los poemas comentados.
         En realidad, esta afirmación intenta enseñar a otro, tal vez a ti mi apreciad lector, cómo hacerse mártir de la palabra, pues quien aprende a escribir y a vivir la fogosidad que generan los profundos arcanos de las palabras, por lo menos debe aprender a hacerlo de manera agradable.
         Por ello, se indica que cuando no hay sobre qué escribir, se escribe de la forma como se está escribiendo del mismo modo como Yavé se iluminó en su acto creativo, cuando imperativamente dijo: “Hágase la luz.” Simbólicamente, la luz permitió a Yavé diferenciar el resplandor de las tinieblas, igual como el escritor describe su creación de manera simultánea al instante en que la está escribiendo.
         Una situación subjetiva la advertimos en la recomendación que sugiere comenzar por el título, pues sabemos que, aunque los títulos en ocasiones son las ideas primarias que permiten el acto creativo del texto, también hemos advertido que muchos escritores afirman que crean su texto y que, ulteriormente, lo nominan, le asignan un título. 
         Sin embargo, hay algo innegable y es que el título es un punto de partida, la idea primigenia, que puede permitir el nacimiento del texto y que el mismo no está sugerido de manera lapidaria, sino que puede ser transformado o cambiado cuando la obra está terminada.
         Una vez que se tiene la idea primigenia, se procede a escribir todo lo que se tenga en la cabeza en cuanto a la misma, pues toda idea que se agita en la mente y no se escribe, generalmente se pierde en los abismales dominios del olvido. Lo trascendental, consiste en escribir, en bosquejar el pensamiento, dotarlo de un cierto contorno que permita perfeccionarlo. Por último, sugiere que cuando el perfil está terminado debe procederse a depurarlo, con lo cual se demuestra que es posible escribir, sobre lo que se está escribiendo.
         Mi ensayo llega a su final, he recorrido numerosas páginas intentando comprender la cáustica afirmación del crítico que señalaba que en Caracol y otros cuentos lo único que había de calidad era el papel y la tinta. No me interesa entrar en polémica con la persona que concibió esa idea. No. Mi interés únicamente era demostrar cómo la crítica literaria puede ser capaz de promover nuevas lecturas. Es lo que ha ocurrido en mi caso.  La crítica literaria debe ser un puente entre la obra y el lector, jamás un bache que obstaculice la lectura.
         La pasión de la palabra, título con el que he decidí nombrar este texto, es una muestra diáfana de que si una obra es capaz de generar tantas ideas interpretativas, es porque no es tan deficiente como se anuncia.
         Sé que los maestros de literatura ense­ñan en nuestras escuelas que un poema es bueno si tiene una metáfora, dos comparacio­nes, una hipérbole y dos o tres imágenes, como si una obra literaria (sea el género que fuere) pudiera ser concebido como una receta culina­ria.
       Cuando no existen estas condiciones, simplemente el poema no tiene ningún valor. No es así. En la escritura no puede haber re­glas tan precisas. No existen fórmulas.  La lite­ratura es producto de la invención, de la ima­ginación y, por qué no, de la inspiración.  No es factible llevarla a un laboratorio, puesto que es el reflejo de los mundos interiores de sus crea­dores.
      La obra de Enrique Jaramillo Levi, como se dijo en un principio, es la imagen de una búsqueda constante de un mundo ideal, donde la gente lea, donde el escritor tenga importan­cia, donde los seres humanos sean capaces de tener anhelos espirituales más allá de sus satisfacciones personales. 
      De igual modo, en el conjunto de la obra se percibe un afán didáctico, por lo que me atrevo a afirmar que el conjunto de la obra examinada es una gran fábula con una hiperbólica moraleja: Desea enseñar a la gente que leer y escribir son formas para vivir. Que es necesario ejercitar la mente en la interpretación de ideas ajenas, que es indispensable permitir que los monstruos que habitan nuestros mundos interiores tengan una vía de escape. Intenta también captar la atención de quienes detentan el poder en nuestro país para que se promueva la cultura, para que la juventud tenga algo en que entretenerse. Los personajes que pululan en la obra conjunta, tienen algo de aquel sabio catalán que vivirá eternamente en las páginas de Cien años de soledad, quien enseñó a los muchachos de Macondo su inicio en el vicio (en nuestra sociedad sólo unos pocos creen en el hábito) de la lectura.


ENRIQUE JARAMILLO LEVI: LITERATURA Y DOCENCIA


         Se han dicho tantas cosas acerca de Enrique Jaramillo Levi, que resulta imposible obviar su labor docente, la cual no se oculta, puesto que en sus ensayos, en sus cuentos y, hasta en sus poemas, es perceptible esta intención.

         Veamos algunos señalamientos que hace a los jóvenes escritores, quienes inspirados en el amor al terruño, sacrifican la universalidad propia del hombre que vive en un mundo globalizado. 

         Por ello, en el cuento Largo viaje interior inmerso en la obra En un instante y otras eternidades podemos leer la siguiente reflexión: “Limitarse a escribir sobre el país de uno, sobre una sociedad determinada, sobre los problemas personales del autor, dijo, es la mejor manera de no trascender. Hay que ir más allá de lo inmediato, de las raíces, sin renunciar a ellas.  Lo cual significa ahondar en la experiencia humana incorporando aristas y recovecos poco explorados, buscando exponer lo singular, lo raro, lo extraordinario, acaso lo maravilloso, pero también lo trivial, lo chato, lo banal, lo absurdo, lo cotidiano que de tanto acometerlo no lo tomamos en cuenta como algo significativo.”

         Hay que encontrar varios elementos didácticos en el fragmento en mención.  Veamos:

-       Lo rural está desgastado. La literatura debe enfocar los elementos cotidianos con un elemento de universalidad.  Las vicisitudes humanas, en esencia, son las mimas en todas las latitudes.  Por ello, en la actualidad no tiene mayor trascendencia demostrar las particularidades de una situación.

-       Es indispensable ir más allá de lo propio, sin renunciar a ello.  Se puede ser panameño y ser universal de manera simultánea. Resulta necesario ahondar en la experiencia humana, la cual todavía tiene extensos campos por explorar. La esencia del hombre todavía no es conocida en su totalidad.  

Por otro lado, recomienda el maestro que se debe evitar imitar los finales desarrollados por otros creadores, puesto que esto castra la valoración de la obra. 

Al respecto, el maestro, taxativamente señala en su cuento El acordeón que: “También comprendió que no se puede imitar con éxito los desenlaces de cuentos superiores y mucho menos tratándose de temas tan diferentes, por el solo hecho de tener en común ciertos rasgos alegóricos o de cualquier otra índole.” 

Es decir, el buen cuentista, por ende, el buen escritor debe procurar exigirse la originalidad, pues el cierre de toda obra literaria es uno de los ingredientes más influyentes en su adecuada valoración.  

         Nos indica, además, que no siempre es bueno seguir al pie de la letra un plan, una estructura, un esquema.  Sucede mucho en el ejercicio escritural que uno empieza escribiendo algo y termina escribiendo otra cosa.  Desde este punto de vista, en el relato titulado La trama nos dice: “Es que a veces no hay más remedio.  Las cosas simplemente van ocurriendo y uno se encuentra en medio del asunto.  No toda la vida es el resultado de un plan, de una trama pensada con la frialdad de novelista.  Aunque hay quien te dirá, claro, que no es uno quien en estos casos concibe el diseño de los hechos y propicia su indefectible realización a partir de ciertas premisas guiadas por una voluntad meticulosamente perversa.”

         Una de las obras que, a mi juicio personal, a mí me parecen emblemáticas en la producción de este autor, es La mirada en el espejo (1998), la cual es una verdadera poética del cuento, género que ya en diversas ocasiones he anunciado que es el que más ha destacado a Jaramillo Levi y en el cual el autor tiene mayor fe como escritor. Lo más trascendente del libro es su afán didáctico que va a reflejarse en su interés por enseñar a los lectores la forma como deben escribirse los cuentos.

         Aparte de este libro, uno de los textos más significativos, de este autor, es Gages del oficio (2007), obra en la cual se recogen ensayos, artículos, prólogos a libros de diferentes autores y entrevistas que se le han realizado al propio Jaramillo Levi.

         Los tópicos desarrollados en el texto mantienen el afán didáctico, pues en el mismo el autor repite sus perspectivas con respecto al cuento, a la novela y a la poesía.  Por este motivo, nos detendremos a comentar algunos aspectos fundamentales del ensayo que lega su nombre al libro.

         Así, al referirse a los temas desarrollados, nos comenta el autor que siempre se escribe sobre lo que se conoce, lo que se ha visto, lo que se ha leído. Sabemos, que muchos autores, tales como el Premio Nóbel mexicano, Octavio Paz, piensan que la vida de un escritor no hay que estudiarla, porque la misma se encuentra presente en la obra literaria; en Jaramillo Levi encontramos el mismo punto de vista: los escritores son el producto de lo que han leído y de lo que conocen y eso es, precisamente, lo que vamos a encontrar en sus obras literarias, o como nos dice el autor: “Por supuesto que en realidad uno no crea de la nada, sino a partir de un arsenal de confusas o claras experiencias o motivaciones que ni uno mismo sabe del todo que existen en nuestro interior.  A mi juicio, fundamentalmente escribo para saber, a veces para percibir lo que nunca antes fui capaz de sentir…”  Otro aspecto interesante que vamos a encontrar en este libro, es el que se relaciona con los diversos géneros literarios (recordemos que nuestro autor ha publicado cuentos, ensayos, teatro, periodismo cultural; pero nunca ha publicado una novela, la cual estamos convencidos de que pronto aparecerá, toda vez que, la temática tantas veces esbozada no descansará hasta que cobre vida como unidad, lo cual se logra solamente en la novela).

         Así, pues sus elucubraciones sobre los géneros van a representar sus puntos de vista; cree en el cuento porque él mismo es dueño de una gran versatilidad y se confiesa, hasta el momento, sin aliento para dilatar una novela, ya que este género se caracteriza por tratar la vida misma, mientras que el cuento sólo nos refleja una parte de la misma, o mejor dicho, el cuento nos permite disfrutar del sabor del pastel, con solo comer un trozo…, sin necesidad de comérselo todo…

LA MUJER EN EL JARDÍN: ¿SUEÑO O REALIDAD?

Isabel Herrera de Taylor
    Isabel Herrera de Taylor es,a mi juicio, una de las cuentistas que mayor precisión en el uso de las imágenes tiene dentro de la literatura panameña.  La mujer en el jardín, es una clara prueba de ello.  En este relato, con matices estructurales cortazarianos, vence las fronteras entre la realidad y la ficción, entre la realidad y el sueño; dejando en el lector una agridulce sensación, pues es totalmente incapaz de ubicarse en el tiempo y el espacio, ya que no puede dilucidar cuál es la realidad.
          En el relato hay un poco de maldad literaria, de la cual nos volvemos cómplices. Hay dos personajes: un hombre y Carolina.  El hombre sueña con un prado hermoso y en el jardín ve sentada a Carolina con un vestido antiguo. Dentro de su sueño, se asoma por la ventana y grita: ¡Carolina!.  La mujer desaparece y hasta allí, llegó el sueño del hombre.
         Sin embargo, el día siguiente el hombre se encuentra con Carolina, y antes de dejarlo hablar ella le dice:
         “Anoche soñé que descansaba en un jardín y, como hacía calor, me aflojé la    ropa que, por cierto, era de otra época.  Entonces, alguien gritó mi nombre y desperté.” (Pág. 13)
       No  cabe dudas de que es un relato interesante, pero, repito, nos deja un sabor agridulce; sobre todo, si intentamos identificar la realidad. ¿Cuál es?
         -      ¿Cuando el hombre sueña con Carolina?
         -      ¿Cuando Carolina sueña con el hombre la llamó?
         -      ¿Los dos sueños son reales?
         -      ¿Los dos sueños son ficticios?
          -     O, simplemente, quien sueña es el lector, (que el hombre y Carolina sueñan) que como yo, ahora no es capaz de reconocer la realidad?

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