domingo, 21 de octubre de 2018

LA ENVIDIA, TEMA DEL CUENTO ESTRELLITA DE JAVIER MEDINA BERNAL


Melquiades Villarreal Castillo
       La raza humana, desde sus orígenes ha anhelado una vida tranquila, feliz, en la cual puedan coexistir la confianza y los buenos sentimientos.  Todo pareciera, sin embargo, que no es posible debido a la presencia posible de un gen o de una especie chip, pues no estoy tan seguro de que si somos humanos que nos comportamos como máquinas o somos máquinas que fingimos ser humanos.
 Lo que sí me es dable  afirmar es que, del mismo modo que la ambición y el delito son especies de deus ex machina que mueven el mundo, especie de combustible que hace andar el desarrollo y la economía consumista y competitiva que nos toca convivir, un mundo que en menos de un siglo ha hecho más estragos que el meteorito aquel que, según los científicos, casi destruye el mundo en su totalidad hace sesenta y cinco millones de años.
Lo que pretendo decir, palabras más palabras menos, es que sin la envidia no tendríamos un mundo tal y cual lo conocemos; menos una literatura y otras manifestaciones artísticas tan enriquecidas como las que podemos disfrutar hoy desde la comodidad del hogar en diversos soportes, entre los que se destaca el (la) internet.
       Javier Medina Bernal, valiéndose de elementos simplistas, cotidianos en extremos, bosquejos del mundo, construye en su cuento Estrellita presente en su libro No estar loco es la muerte, ganador del Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró, sección cuento en el año 2013, un relato decidor, realista (aunque la realidad tratada se enfocan en la envidia y la hipocresía), en el cual despeja una serie de interrogantes que han roto la cabeza, no solo de los escritores panameños, sino también de otros lares, pues, como ya he señalado, existe una deshumanización del arte (al decir de Ortega y Gasset) y de la ciencia, agregaría yo, pues lo único importante en el mundo es producir un producto (valga el acusativo interno, redundancia para el purista que lo desee) que se venda y genere pingües ganancias, que compita con productos de calidad sin importar las condiciones de la competencia; todo se reduce en producir dinero a como dé lugar para –víctimas de un consumismo salvaje– invertirlo en excentricidades que, a la postre, no mejoran en nada la actualidad de los semejantes y lo que resulta peor, es que, en alguna medida, contribuyen con la propia destrucción de sus beneficiados.
       La envidia es un sentimiento nocivo, mas si se maquilla con los afeites de la hipocresía que lo limita al grado de que todos quieren ver bien a los demás, eso sí no más bien que ellos mismos; el envidioso en el fondo necesita que su competencia sea buena, pero no más buena que ellos, con la finalidad de establecer un parangón que permita elevar la calidad de su obra. Verbigracia: un buen escritor, necesita que otros escritores sean buenos, pero no tanto como ellos; pues de ese modo los demás le sirven para encumbrarse sobre excelentes muestras del arte de la palabra, sin jamás cederles la cima.
       En el cuento Estrellita nos encontramos con dos escritores que hacen pareja. Tenemos una mujer amante, que no es amada, la cual convive con un amado que no la ama, sino que odia y envidia, oculto tras una hipócrita máscara que lo lleva a crear situaciones deleznables, incluyendo un crimen frío, planificado, propio de la sociedad de nuestro tiempo, donde ya ninguna manifestación del mal, por tétrica que resulte, pareciera sorprender a nadie.
       Ella le muestra amor constante, el finge lo mismo para obtener beneficios de ella, estableciendo una relación de cuerpo-sombra, donde irónicamente ella se conforma con ser la sombra de él, aunque en la realidad es el cuerpo; él solo es la sombra, el reflejo de ella. En la siguiente cita, entre consuetudinarios casos, se comprueba nuestra afirmación: la envidia va precedida de la hipocresía, un sentimiento tal vez más dañino y maquinador:
“Cuando llamaba en la mañana, contestaba y me decía: Hola rayito de sol, ¿cómo estás?, de inmediato me daban ganas de mandarla al diablo y decirle: ¡Yo no soy ningún rayito de sol, al carajo con eso!; ¡además, son las diez y media de la mañana, ni tan temprano es, tonta, estúpida, mojigata! Sin embargo, me mordía la lengua y remataba: Hola, mi conejita bella, ¿cómo amaneciste? Ella me respondía lo obvio y hablábamos babosadas por unos minutos más. (Medina. 2014. Pág. 13)
       Aparte de la simbiosis odio-amor (según la perspectiva de él) que sostiene a la pareja, aunque ella pensaba que su relación se basaba en el amor, existía otro tipo de relación, no menos sólida:
       Los dos éramos escritores en defensa de la lengua española… Bueno, ya va, calificarla a ella como escritora es un tanto benévolo, o más bien malévolo… Ella escribía, por lo tanto, era escritora; pero, si vamos a eso, a un niño que cursa el primer grado de primaria y que de hecho escribe todos los días, se le podría llamar escritor también. Creo que se entiende lo que quiero decir respecto del talento de mi amiguita, mi conejita bella.” (Medina. 2014. Pág. 34)
       Puede observarse el planteamiento que se hacen tantos escritores en nuestro país, en tertulias infinitas y desesperanzadas, donde se discute entre otras cosas: ¿por qué si alguien escribe muy bien, castiga inmisericordemente el lenguaje, exige verdaderas acrobacias semánticas, semióticas y exegéticas a novedosas metáforas, sus obras no son tan vendidas como las de escritores, que aunque manipulan técnicas avanzadas de mercadotecnia, aunque sus obras sean tan efímeras como el conocido veranillo de san Juan? En nuestro país, al igual que en el resto del mundo se dan estos casos.
Volviendo con nuestra pareja, ella hasta lo desalentaba a él en todo, desde los detalles nimios, hasta la intimidad: “Luego, al mediodía, nos encontrábamos en el café. Íbamos al centro, comprábamos un par de estupideces para llenar nuestros respectivos vacías, yo con libros, ella con libros y perfume y hacíamos el amor en el aprietabotón, o sea, en el push-botton.” (Medina. 2014. Pág. 34)
Sin embargo, aparte de la hipocresía, puesto que finge amarla, la nota más importante era su vida de escritores. Ella es una escritora prolífica: escribe hasta diez cuartillas por día, lo que le permite publicar veinticinco novelas y no publicó más, porque también tenía otros oficios: “asistir a toda reunión literaria y a viajar dando conferencias, a ser mi compañera, lo que se traduce en cocinar para mí, compras y mantenimiento en general del hogar,  organización de las cuentas por pagar, y sexo, no grandioso, pero frecuente.” (Medina. 2014. Pág. 34)
Él se sabe un escritor de culto, es decir, uno de esos escritores que exhiben: “un lenguaje precioso y cuidado y, sobre todo, lleno de riesgos y juego, una novela pletórica de imágenes intensas y vivas.” (Medina. 2014. Pág. 35)
En cuanto a producción, él se siente frustrado, pues ella, publica mayor cantidad de obras que él todas son éxitos editoriales; y, aunque los editores lo reconocen como mejor escritor que ella; al respecto, ella hace lo mismo, pues sin darse cuenta, lo hace sentir muy mal (claro que él lo disimula), cuando ella dice en cuanta oportunidad tiene de hacerlo que todo lo que sabe sobre el ejercicio de la escritura lo aprendió de él.
Él tiene una producción novelesca en notable desventaja con respecto a ella: según su editor, quien le reconoce sus méritos, aunque tiene el defecto de que, de seguro, no despertará el anhelo lector de nadie. Así, él mismo nos dice: “Yo, en cambio, escribí dos novelas de las que, hasta ahora, solo una he conseguido publicar. La otra, la que más me interesa, para variar, es, según mi agente y algunos correctores de estilo que trabajan en diversas editoriales, impublicable. Es decir, esta es una novela póstuma, coincidieron todos los que la leyeron. Habrase visto, hoy en día ya los del negocio editorial saben qué libro puede ser un éxito de ventas después de la muerte.” (Medina. 2014. Pág. 34-35)
Ella escribe lo que está de moda: una saga, cuyo personaje principal se llama Estrellita, que ha sido traducida a diversos idiomas y de la cual se han vendido millones de ejemplares alrededor del mundo; que ha generado millones de dólares en regalías que ella no tiene reparos en gastar con él, pues reitero una vez más que ella lo ama tanto que, inclusive, le ha heredado los derechos de autor, lo cual no ha sido hecho por él.
El grado de envidia es tal que él le propone que mate al personaje Estrellita, que tanto dinero le ha dado, para lo cual le propone que la haga morir muy mayor, rodeada de muchos hijos, nietos y biznietos.
Ella, para complacerlo, acepta.  Es entonces, cuando a él se le ocurre una idea más macabra aún. Le propone que se suiciden ambos, con lo cual sellarán su gran amor. Ella accede. Él compra él veneno (bebe algo parecido y cae al piso simulando grandes dolores); ella, al verlo, bebe el veneno real; él la ve morir, deshace las pruebas y se dedica a disfrutar todo el dinero que ella tenía).
La obra póstuma de ella se vende de manera inconmensurable alrededor del mundo; él se deja de escribir y se dedica a dictar conferencias sobre la obra de la mujer que murió por amor a él. Comienza a leer las obras que él tanto había criticado y se percata de que no eran de tan mala calidad como él mismo había pensado.
En este cuento, Javier Medina Bernal lleva al máximo su particular estilo para lograr efectos inesperados para un gran número de lectores, quienes, aunque conocen la envidia y sus efectos, se sorprenden hasta dónde la misma es capaz de llegar.
Considero que la producción literaria de Javier Medina Bernal, merece un estudio profundo, pues la misma es irreverente y novedosa, al grado de que capta la atención del lector y lo somete a los caprichos de su mundo ficcional.
Panamá, 18 de septiembre de 2018.

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