sábado, 19 de julio de 2014

RECORDANDO AL GRAN MAESTRO EDMUNDO CASTILLO

 Melquiades Villarreal Castillo

               Los humanos, muchas veces, somos egoístas para reconocer los méritos de otra persona, cosa que solo hacemos cuando ha llegado su fin.
               Pero cuando uno encuentra un ser humano que jamás evidencia pizca de egoísmo las cosas son diferentes.
Profesor Edmundo Castillo
               Conocí al profesor Edmundo Castillo en 1985, en el Colegio Manuel María Tejada Roca de la ciudad de Las Tablas, donde operaba la Extensión Universitaria de Los Santos por aquellos días. Lo conocí de una manera particular.  Llegué un poco tarde y vi a un hombre alto, a quien se le escuchaba una voz poderosa, charlando con mis compañeros de grupo.  Pasé de largo junto a ellos, no saludé y me senté en una banca cercana.  Inmediatamente, escucho cuando don Edmundo pide permiso a mis compañeros y se me acerca.  Me dice: “Buenos días, Melquiades.  Yo soy el profesor Edmundo Castillo y voy a dictarle las cátedras de Literatura Grecolatina y Teoría Literaria y estoy a sus órdenes.”  Mi arrogancia inmediatamente se desvaneció ante la humildad sincera de aquel hombre caballeroso y educado que me había dado una gran lección y que hoy todavía vive en mí.
               Al finalizar el curso, me correspondió hacer un trabajo sobre Las Geórgicas de Virgilio.  No tenía la obra.  Internet ni siquiera se soñaba. Estaba desesperado, pues no quería fracasar, pues tanto me había impresionado el profesor Edmundo que quería quedar bien ante sus ojos.  Un día cualquiera, me encontraba yo en Peña Blanca de las Tablas, lugar en el que siempre he vivido y escucho llegar un carro. Un buenos días pronunciado por una voz fuerte y amable me permitió reconocer al profesor Edmundo que había viajado de Santiago a Las Tablas a llevarme un libro tan solo para que pudiese yo hacer mi investigación.
               Al finalizar el año, me regaló su libro Puntuación práctica que aún conservo casi tres décadas después con una dedicatoria que me llenó de orgullo: “Para mi distinguido discípulo, Melquiades, por haber obtenido las calificaciones más altas en los cursos que dicté.  Edmundo Castillo.”
               Muchas son las enseñanzas que me dio este gran maestro, quien constantemente repetía que “la mayor aspiración de un maestro es que sus alumnos lo superen.” Uno hombre que concebía la educación como un apostolado, como una fuente de felicidad infinita, por lo que repetía: “Si volviera a nacer, volvería a ser profesor de Español.”
               Por aquellos días, era yo un muchacho rebelde de unos veinte años, cuya única virtud era leer más que el resto de los compañeros.  Sin embargo, mis lecturas  no tenían como meta el enriquecimiento personal, sino demostrar a los demás todo el conocimiento acumulado.  Recuerdo que en una ocasión quise molestar al profesor Edmundo que explicaba con mucho ahínco una de sus clases. Levanté la mano y el me dio la palabra pensando que iba yo a hacer algún aporte a la clase, ignorando mi intención. Inmediatamente le dije: “Profesor he leído en La Biblia que entre a la casa del sabio y salí más ignorante de cómo entré.” Vi en su mirada que había captado mi intención.  Sin embargo, lejos de contradecirme, continuó su clase.  Eso sí, de momento a momento, me repetía: “Lo felicito, Melquiades, usted lee mucho y eso es muy bueno.  Compañeros, deben imitar a Melquiades, porque él lee mucho.” Lo repitió muchas veces. Pensé que lo había molestado.  Sin embargo, al finalizar la clase me llamo: “Melquiades, me permite un momento.  Quiero felicitarlo de nuevo.  Usted lee mucho. Leer es muy bueno. Pero por favor, recuerde que las lecturas son como los alimentos. Se llevan a la boca, se degustan, se dejan que vayan al estómago, que el intestino delgado absorba todos los nutrientes. Pero, por favor, Melquiades, permita también que los desechos sigan su curso hacia la letrina.” Todavía no he olvidado esa lección.
               En otra ocasión, sentí deseos de escribir. Y lo hice. Le mostré una página horriblemente escrita. Hoy no lo haría.  Sin embargo, a pesar de los mil yerros existentes, el profesor Edmundo me dijo: “Melquiades, escribe usted muy bien, sus palabras lo llevarán muy lejos.” Y me llenó de una seguridad que todavía conservo.  Veinte años más tarde, me encontraba yo disfrutando de una beca para hacer estudios en Madrid, cuando me acordé del incidente y llamé al profesor Edmundo para agradecerle la confianza en mí mismo que me había dado y le recordé el hecho.  Y le dije con orgullo: “profesor, gracias a que usted me animó hoy, gracias a sus palabras, estoy a diez mil kilómetros de Panamá.”  Si él me hubiese dicho lo mal escrito que estaba aquella página, yo no hubiera ido a Madrid.
               Son tantos los recuerdos de aquel hombre místico que para todos tuvo una manifestación de cariño, que siempre estuvo dispuesto a ayudar que sería imposible recogerlo. “Como decíamos ayer” frase de fray Luis de León al regresar a su cátedra, “vuestra gloria crecerá como las sombras cuando el sol declina” de José Domingo Choquehuancas, que forman parte de mi bagaje llegaron a mí a través de él.

               He querido rendir un homenaje póstumo a un gran maestro y, aunque soy un convencido de que la muerte es el final inevitable de todos los seres, sé también que los actos, acciones y palabras oportunas del profesor Edmundo Castillo vivirán en todos los que tuvimos la oportunidad de ser sus discípulos.

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