Melquiades Villarreal Castillo.

El héroe poético sabe lo que ha creado, Túnel es el epicentro del poema, pero del mismo modo en que nuestra vida es un momento de plenitud entre dos infinitos momentos de nada, el poema nos eleva para ver hacia atrás y hacia delante con la misma precisión. Hacia atrás, observamos una serie de pistas que van desde la búsqueda de las claves que nos permitan entender la realidad de este cosmos poético, desde el desprecio por todo, hasta la presencia de la muerte que merodea sonriente en cada poema; hacia delante percibimos pistas de la inutilidad de la búsqueda de explicación de la vida y de las burlas contra la muerte.
Paisaje final, primer poema de la colección, nos sirve para sustentar nuestros puntos de vista: “El ojo se alarga./ Busca allá en el fondo/ un árbol de horizonte/ y pájaros de sal./ El viento pasa lista a los sepulcros./ Desde mi lápida/ las doce letras de mi nombre/ dicen presente./ La rama está preñada./ La fruta canta”. Es imposible, tampoco es el objetivo de una reseña, pretender arrancar todas las posibilidades interpretativas a los símbolos presentes en el texto. Es trascendente, sin embargo, percibir qué significa el alargamiento del ojo: a nuestro juicio, evidencia la curiosidad del ser humano por conocer su destino, la finalidad de su existencia; luego, la búsqueda en el fondo, es una clara alusión al interés por conocer todo, hasta lo más nimio de su propia esencia, sustentada en los signos de un árbol en el horizonte, es decir de la sorpresa como factor justificador de la vida. Los pájaros de sal pueden simbolizar muchos elementos, desde la fragilidad del elemento, acompañada de su incapacidad para el vuelo, hasta la interpretación folclórica de la mala suerte que muchos decimos tener. El canto de la fruta, la rama preñada, no obstante, a pesar de ser imágenes simplistas en apariencia, son capaces de contener en su médula el secreto de la continuidad: la rama preñada tiene evidentes características masculinas (el elemento fálico, la fortaleza aparente); la fruta que canta nos simboliza a la mujer –tal vez en estado de embarazo– con su dulzura, sus misterios, sus caprichos y, sobre todo, con su capacidad maravillosa de contener en su carne la continuidad de la vida.
Eternocardiograma es un poema que le permite al héroe poético la capacidad divina de elevarse sobre la débil condición humana, con una invitación a imitarlo: “Yo no le temo a la muerte omnisciente/ ni a la nada pudibunda./ No me asusta lo efímero ni lo eterno./ Debajo del escombro mi osamenta/ y en el fondo del silencio mi latido”. La conclusión nos la ofrece el poema sin ningún artefacto que lo disfrace: no se debe temer a lo efímero, ni a lo eterno, lo importante es vivir, vivir a plenitud, de modo que, aun después de muertos, hayamos dejado un recuerdo que justifique nuestro paso por la vida.

Hemos visto la forma como Héctor Collado, con sus Artefactos no nos miente, eso ha creado. Por eso, lector intrépido, te invito a desarmar estos artefactos, a recomponerlos, a jugar con ellos, con lo cual tal vez podamos lograr comprender la amplia gama de posibilidades creativas e interpretativas que la lectura nos puede dar.
Peña Blanca de Las Tablas, 15 de febrero de 2005.
Nota. Melquiades Villareal es escritor, docente y asesor del Círculo de Lectura Guillermo Andreve.
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