Melquiades Villarreal Castillo.
Quiero, con esta meditación, rendir un homenaje al gran maestro chitreano, Bolívar Rodríguez.

El cuento Primera Plana cumple las perspectivas que señalo como funciones de la literatura. Es un texto artístico, una prosa cuidada con ideas coherentes; una mentira verdadera como diría el nicaragüense Sergio Ramírez Mercado: Un texto en el cual, desde la oración inicial el lector concibe el relato como posible:
Aquí está, su foto en primera plana, donde debió estar hace mucho, en colores, gigantesca.
La oración encierra una idea maestra, absorbente, pues con una especie de cadena sujeta al lector, obligándolo a aceptar la realidad cósmica del relato. Sin embargo, en eso radica el arte. Es una escena cotidiana ver la primera plana de un diario; lo sorprendente es la protesta casi solapada: ¿donde debió estar (la foto) hace mucho, en colores, gigantesca�; es decir, el narrador nos cautiva, pues inmediatamente surge una serie de interrogantes: ¿Quién o qué debió estar en primera plana? ¿por qué debió esa persona o cosa estar en primera plana? ¿por qué la foto en cuestión debió aparecer gigantesca, en colores y desde hace mucho tiempo? Ariel Barría conoce su oficio. Pues sabe despertar el interés por la historia. El lector, automáticamente al hacerse estas preguntas, al leer esta oración, acepta la realidad presente en el resto del texto, aunque la misma sea tan sólo un ejercicio de verosimilitud, como ocurre en toda buena obra literaria.
Ahora, observemos otros aspectos del relato, que estoy seguro que motivarán al lector a introducirse en los mundos recreados por Ariel Barría. La foto es la de un Maestro, escrito con mayúscula, de acuerdo con el narrador, para destacarlo sobre el común, para elevarlo al cenit al que sólo llegan aquellos maestros que ejercen su labor como un apostolado de plena dedicación, que no la emplean para escalar socialmente, ni para obtener ningún tipo de recompensa. Era un hombre dedicado a la literatura, a la cual concebía como una verdadera doctrina de fe, como herramienta transformadora del mundo; anhelaba que sus discípulos fueran mejores personas; promovía tertulias literarias; patrocinaba concursos, despertaba a los talentos somnolientos ante el injusto peso de la indiferencia social por las cosas del espíritu: Se dedicaba en cuerpo y alma, a tiempo completo, a los quehaceres de la literatura. Es más, tanta fue su fe, que el narrador llega a la conclusión de que este personaje merecía por lo menos una estatua. Sin embargo, lo único que nuestro héroe recibió por su labor fue un silencio indiferente. Así es la vida. Así, nuestra sociedad. Los diarios ocupan páginas completas en rendir tributo a personas y fenómenos que no contribuyen en nada con el mejoramiento de la humanidad y mantienen un mutismo despiadado ante la vida y obra de quienes, en realidad, actúan con el altruismo como norte.
Hasta donde hemos llegado en nuestro comentario, no hemos aportado nada nuevo. Esta situación es tan frecuente, que ni siquiera es noticia. Aquí es donde el narrador recurre a un acto de suprema audacia, para elevar con elementos cotidianos una situación frecuente hasta la trascendencia de la obra de arte, que se superpone al tiempo y al espacio, que es capaz de sobrevivir por sí misma. El héroe comienza a enceguecerse, es un Homero de nuestro tiempo; ni sus discípulos lo saludan. Pero no mendiga nada, al igual que el apóstol Pablo frente a la muerte, sabe que ha cumplido su misión y que sólo le queda aguardar el galardón de la justicia divina. Así actúan los verdaderos convencidos de su misión. La realizan sin esperar nada a cambio, a no ser su propia satisfacción. Aquí, es donde llega el ejercicio magistral de Barría:

Los comentarios sobran. Sólo me queda invitarte, apreciado lector, a que compruebes cómo cada uno de los relatos de esta obra, se ajustan a nuestro diario vivir, al pie de la letra.
Nota. Melquiades Villareal, reside en Las Tablas, es docente, escritor y promotor cultural. Tiene maestría en Lexicografía Hispánica en la Real Academia Española (Madrid), Maestría en Literatura Hispanoamericana (Panamá), galardonado en el Ricardo Miró en el 2003 con su ensayo Esperanza o realidad: fronteras de la identidad panameña. Es asesor del Círculo de Lectura Guillermo Andreve.
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